Les
voy a contar una historia. Prepárense, porque es complicada y
difícil. No es una de esas historias donde todo es color de rosa,
fueron felices y gastaron a todo el mundo por sus derrotas. Una
historia de amor, valor y dolor; de mucha tristeza, sonrisas y
llantos. Es la historia de una hinchada, que se hizo gloriosa por la
eternidad.
Tenía
un estadio. Un estadio precioso, alzado en andas por la gente cada
partido; glorificado por todos sus hinchas. Un estadio en Avenida La
Plata, donde rebalsaban de amor las tribunas, los gritos en las
gargantas, lágrimas de los ojos y fútbol de los poros de todas las
almas que lo llenaban. Pero un día, ese estadio ya no estuvo. Fue
arrebatado a esos hinchas de manera cruel, por un gobierno nefasto.
Reclamaron, más nadie escuchó. Allí quedó el primer corazón de
la hinchada, sin cantos ni gritos; en aquella avenida que ahora es
viuda. Extraña los ecos de las voces en las calles.
Nada
fue fácil. El descenso llegó, pero no se rindieron por eso. Las
mismas almas coparon todos los estadios a los que iban alentando a
sus jugadores hasta desgarrárseles la garganta por los aullidos.
Papeles al viento; amores sin fin. A donde sea que el equipo fuera,
ellos estaban; presentes y firmes. Y cuando ascendieron, cuando
parecía que todo volvería a ser como antes; que ya la tristeza no
volvería a acechar sus pagos, llegó el día.
El 30
de Noviembre de un 2000. Más conocido entre ellos como el día en
que no se tiene ni se va a tener “ni olvido ni perdón”
Intentaron gerenciar al club. Aquello los cansó, y entre banderas
flameantes, cánticos y camisetas; salieron a defender esos colores
que tanto amaban. La represión no tardó en llegar, atacando a una
marcha pacífica impulsada únicamente por el amor. Pero hay cosas
que la gente no entiende. Como por ejemplo, el amor. Aquel día, la
hinchada se hizo gloriosa.
El
club, finalmente, no fue gerenciado. No sin antes tres represiones en
tres marchas pacíficas. Se construyó el segundo estadio, donde
nuevamente se siguen escuchando los antiguos cánticos del estadio
que fue arrebatado. De gradas inmensas, gloriosos colores exhibidos
en la bandera que cuelga debajo de la argentina. La cancha se siguió
extrañando y la pobre viuda La Plata se quedó sin corazón. La
gente con las lágrimas y los recuerdos; la avenida sin su juego y su
razón.
La
leyenda se inmortalizó. Quien diga que no es cierto que es la más
fiel e ingeniosa, está en un error. Esa misma gente bancó el
descenso, el dolor por la cancha arrebatada, las sonrisas por la
nueva (aunque sin olvidar, porque la memoria no se pierde) y las
gastadas de los otros; las canciones copiadas. La que cada partido
parece que estuviera alentando en una final; con tales gritos y
saltos que pega parece que vuela el estadio. La que siguió a sus
jugadores a todos lados y sin importarle si tenían que ir hasta la
Luna. Porque fueron, van e irían. Solo por amor.
Les
conté la historia de una hinchada que sabe ser fiel y amar en las
buenas y en las malas. Les conté una historia difícil,
advirtiéndoselos. De nada sirve, porque estoy llorando como la
primera vez que la escuché de los labios de un hincha. Esta
hinchada... fue, es y será la que se hizo Gloriosa por la eternidad.
Estos textos están protegidos por derechos de autor. Autora María Sol Hernandez
Estos textos están protegidos por derechos de autor. Autora María Sol Hernandez
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